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El 1° de setiembre de 1996, el dramaturgo Osvaldo Dragún que estaba radicado en México, volvió a Buenos Aires para asumir la dirección del Teatro Nacional Cervantes Osvaldo Calatayud lo acompañaría como subdirector. 

Un decreto de ese año le otorgó al teatro la autarquía que comenzó a regir el 1° de enero de 1997. Fue este un logro o reivindicación largamente anhelado, por el que gente de la cultura había luchado mucho tiempo, especialmente en los últimos años a través del MATE (Movimiento apoyo al teatro), integrado por dramaturgos, actores, escenógrafos, vestuaristas, críticos especializados y periodistas que hicieron escuchar sus voces y reclamos ante la sociedad y las autoridades responsables para la sanción de una Ley de Teatro que el país merecía y para que, finalmente, se aliviara al Cervantes tantos aspectos burocráticos de la administración pública. Si bien el Cervantes sigue dependiendo de la Presidencia de la Nación, a través de la Secretaría de Cultura, a partir de 1997 goza de mayor independencia para administrar sus recursos y por supuesto, los criterios artísticos.

Durante la gestión de Osvaldo Dragún se sumaron a la programación de las temporadas, el Maratón del Teatro Nacional Cervantes del cual participaron catorce grupos de Buenos Aires y del interior del país, se abrieron espacios de reflexión sobre distintos temas culturales, se realizó la primera versión del Encuentro Iberoamericano de Teatro, se llevaron a cabo giras de los elencos por el interior del país y se reactivaron los seminarios y talleres nacionales e internacionales sobre temas teatrales y de la cultura en general.

La programación incluyó entre sus títulos: Los siete locos de Roberto Arlt, Alma en pena de Eduardo Rovner , La visita de la vieja dama de Frederck Durremat, Lorenzaccio de Alfred de Musset, Botánico de Elio Gallípoli, Las troyanas de Eurípides, Gulliver, de Jonathan Swift, En la jabonería de Vieytes de Gonzalo Demaría y Elena Tritek, Chéjov -Chéjova de Francois Nocher en versión de Kado Kotzer, El líquido táctil de Daniel Veronese, El puente de Carlos Gorostiza, Ya nadie recuerda a Frederic Chopin de Roberto Cossa, Los indios estaban cabreros de Agustín Cuzzani, Borges y Perón de Enrique Estrázulas y He visto a Dios de Francisco Defilippis Novoa.

El 14 de junio de 1998, el teatro y el mundo de la cultura todo se conmovió ante la noticia de la muerte de Osvaldo Dragún. En su homenaje y por cierto, en reconocimiento a su extensa trayectoria, el Salón Azul, ubicado junto al foyer del Cervantes, lleva hoy su nombre. El Teatro quedó a cargo del subdirector Osvaldo Calatayud, quien continuó la gestión hasta diciembre de 1999.

 

 

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